jueves, 24 de enero de 2013

un poko de lectura



¿Qué es el Estado?

Es, nos responden los metafísicos y los doctores en derecho, es la cosa pública; los intereses, el bien colectivo y el derecho de todo el mundo, opuestos a la acción disolvente de los intereses y las pasiones egoístas de cada cual. Es la justicia y la realización de la moral y de la virtud en la tierra.

Por consiguiente, no hay acto más sublime ni deber más principal para el individuo que sacrificarse, y si necesario es morir por el triunfo, por el poder del Estado.

He ahí en pocas palabras toda la teología del Estado.

Veamos ahora si esa teología política, de igual modo que la teología religiosa, no oculta bajo muy bellas y muy poéticas apariencias, realidades muy comunes y muy sucias.

Analicemos en primer lugar la idea del Estado, tal como nos la presentan sus preconizadores.

Es el sacrificio de la libertad natural y de los intereses de cada uno, individuos así como unidades colectivas, comparativamente pequeñas: asociaciones, comunidades y provincias, a los intereses y la libertad de todo el mundo, a la prosperidad del gran conjunto.

Pero ese todo el mundo, ese gran conjunto, ¿qué es, en realidad?

Es la aglomeración de todos los individuos y de todas las colectividades humanas que la componen.

Pero desde el momento en que para componerle y para coordinarse con él todos los intereses individuales y locales deber ser sacrificados, el todo, que está obligado a representarlos, ¿qué es, en efecto? No es el conjunto vivo, dejando respirar a cada cual con toda holgura y haciéndose tanto más fecundo más poderoso y más libre cuanto más cumplidamente se desarrollen en su seno la plena libertad y la prosperidad de cada uno; no es la sociedad humana natural, que confirma y aumenta la vida de cada cual por la vida de todos; es, por el contrario, la inmolación de cada individuo como la de todas las asociaciones locales, la abstracción destructiva de la sociedad viva, la limitación, o, por mejor decir, la completa negación de la vida y del derecho de todas las partes que componen todo el mundo; es el Estado, es el altar de la religión política en el cual la sociedad natural es siempre inmolada; una universalidad devoradora, viviendo de sacrificios humanos, como la Iglesia. El Estado, repítolo una vez más, es el hermano menor de la Iglesia.

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